Carta abierta a un amor perdido

Voy a pedirme perdón por no cumplir nuestro acuerdo de amarnos a tiempo y a destiempo. Por olvidar los sueños. Por desmerecer tu amor. Me pido perdón por quitar de la pared y de mis venas tu recuerdo, por  los errores de mi lengua y por tus besos que hacían temblar mi cuerpo en esas noches y en aquellas formas. Voy a perdonarme por conocerte y amarte el mismo día, en aquél departamento, en aquel cuarto de una sola ventana y de muchos ruidos. Por haberme cruzado la calle cuando me tomabas de la mano y al final soltar tus besos, tu cuerpo y tu sabor.

Me perdono por haberte mentido, por haberte dejado sin palabras aquella tarde tras la iglesia de Santo Domingo. ¿Quién iba a decir que entrar a buscar viejos periódicos marcaría el final de nuestra historia? Buscamos cada uno la fecha de nuestro nacimiento. Queríamos presumir ante el otro una gran noticia sucedida el día en que nacimos. No fue así. La noticia que encontré removió mi historia y temblé de miedo. No te merecía. Me levanté, te abracé y me despedí sin siquiera decirte mis motivos. Te desee toda la suerte del mundo.

Dos días después quise vendar con gasas la herida provocada. Era demasiado tarde, la alarma había fallado por segunda vez. Ya no aceptaste siquiera mis llamadas, bien por ti. Por eso me gustabas. No tenías que pedirle peras al olmo, sabías tu valía. Torre de marfil, muralla china.

Fuiste tú quien conoció por vez primera el pie del que cojeaba y aún con eso quisiste acompañarme en esta vida y en la otra; lograste fusionar nuestros apellidos en una servilleta. Me llevaste a conocer tu cuarto pintado de rojo y me dejaste escribirte unas palabras en tu espalda. Todavía recuerdo nuestros juegos detrás de tus cortinas. Estábamos más locos que las cabras. Juntos, en el horrible sofá verde de tu tatarabuela, que según tu madre fue una fortuna haberlo heredado, vimos cien veces tu serie favorita, que empezaba a ser la mía. ¿Cuántas veces dormimos incómodos en aquél sofá? Por más que te decía que nos cambiáramos, me callabas con tu fresca boca. Solo así las espaldas dejaban de hacer justos reclamos. Me enseñaste a comerte y aprendiste a beberme en aquel cuarto que ahora también abandonaste. Tu toalla me conoció un poco menos que tú, y el árbol del patio nos celaba.

Por eso me pido perdón. Por negarme a ti, porque fueron más fuertes mis miedos.La última vez que nos vimos fue en octubre, hace ya casi un año de ese abrazo. Los años te sientan tan bien si disfrutas lo que haces, y tú caminas con lo que más te apasiona. Siempre lo hiciste. Te admiro eso y lo sabes.Me pido perdón a mí. Por mis errores. Me pido perdón a mí, porque tú ya me abrazas en esa paz tan tuya desde hace algún buen tiempo…