veladora

El que se queda callado es un pendejo

dedicado a la maestra María Elena

y a la niña que me contó su historia.

Los que estamos vivos no entendemos la muerte, mucho menos cuando eres una niña. Yo creía que sólo se moría la gente grande, como los abuelos o las tías mayores, pero en velorios como éste aprendí que también los niños se mueren, que hay una desgracia en el hogar donde se pierde una madre. Siendo niña me llevaron a un velorio donde aprendí que había gente que sufría, que había gente pobre, yo crecí como niña rica, en una escuela de monjas, muy bien portada, muy amable y muy buena, hasta que me cambiaron de escuela.

En ese tiempo era un requisito cursar los últimos años de primaria en escuelas públicas si querías obtener tu certificado oficial. ¡Huy! ¡Ahí me tocó compartir mi pupitre con un niño! Yo no sabía compartir mis cosas ¡y menos con un niño! En la escuela de monjas éramos puras niñas. Además el niño que estaba a mi lado vivía en un mercado y me hablaba muy pelado. Era lépero conmigo, yo le pegaba codazos para defender mi espacio. Me decía de groserías, pero como no estaba  acostumbrada a escucharlas, no sabía qué responder. Luego me volví una pelada.

– ¡Pinche pendejo!

Yo no sabía qué era un pendejo, pero se lo decía cuando quería agarrar mis cosas.

Un día nos tocó hacer el aseo. Yo no sabía qué era eso. Venía de una escuela donde jamás hubiéramos imaginado hacer el aseo, ni siquiera agarrar un pinche trapo sabía. Las monjitas eran muy buenas para enseñarnos de todo, menos el quehacer. Me enseñaban historia, tenían una relación muy buena de lectores, ellas eran muy estudiadas, bueno, algunas eh, porque también hay otras  que son unas pendejas, conozco de todo. Unas eran re culeras, pero otras eran muy estudiadas, el latín las hacía ver muy cultas. Por eso me sacaba de onda cuando en la escuela pública me decían que nos tocaba hacer el aseo.

– ¿Y qué cosa voy a hacer?

– Pues recoger los papeles y todo.

– Pero no sé cómo hacerlo.

– ¿Cómo no vas a saber barrer o recoger la basura?

– ¡Pues no! Y no lo voy a hacer.

Casi me pongo a llorar. Me aventaban la escoba y franelas, Héctor Zacarías Alfredo Chapulín y Encina Caideles la traían conmigo, me acuerdo que así se llamaban, eran muy inteligentes pero de una familia muy pobre, se burlaban de mí porque no podía hacer el aseo. Jamás hacía el aseo en mi casa. Luego me di cuenta que lo que me faltaba era tiempo para que, entre groserías y franelas mojadas, me volviera ama y señora de la escoba.

– ¿Qué crees papá?

– ¿Qué?

– ¡Nos pusieron a hacer el aseo!

– ¿Qué? ¿Y qué hiciste?

– Pues barrer, trapear…

– ¿Y cómo? ¡Mañana voy a hablar con la maestra!

Mi papá quiso cooperar para que otros hicieran el aseo por mí, pero ¡ni madres!, todos teníamos que participar en el aseo escolar. Así me empecé a criar de diferente manera. Había una niña que llamábamos “Lupita la cubana”, era una niña negrita, negrita, porque su mamá era de Jamiltepec. Un día haciendo el aseo agarra una franela, la enrolla y me pega en el brazo porque me tocaba limpiar las bancas, !uy! ¡que me levanto con todo y mi apellido! No sabía pelear, no sabía qué hacer, ¡hija de la matraca! pues que le jalo una trenza, que me pega, que le doy un manotazo. Nunca me ha gustado la violencia, y aunque no sabía defenderme, la gritería de los niños me animó. Por un lado gritaban “Lupita la cubana”, “Lupita la cubana” y por el otro “Urbiña”, “Urbiña”, yo me apellido Urbiña. ¡Chinga! dije yo. No podía quedar mal con la banda que me estaba apoyando y mucho menos dejar que me pegaran. Llegamos a arañones y todo. ¡Y que me mandan a la dirección! Mandaron llamar a mi papá.

– ¿Negro, qué cosa hiciste?

Mi papá me decía negro porque era la más morenita de sus hijas.

– ¿Qué crees papá? Le pegué a una niña.

– ¿Qué? ¿Tú? ¿Pero por qué?

– Pues me dio un franelazo y yo no me dejé.

Habló con el director, Pánfilo Chávez se llamaba. Tenía que firmar mi reporte y recibir un castigo. Durante una semana de clases me quedé parada en la esquina del salón. Ese era el menor de los castigos, porque ahí daban horribles castigos que jamás en la vida se me van a olvidar; pero no me importaba, ¡ya me había chingado a la Lupita! Mis hermanos decían ¡Que pena!, cuando sus amigos les preguntaban, ¿Que tu hermana se peleó?, ellos sólo decían ¡Que pena! ¡Que pena! Así pasé de quinto a sexto año, donde conocí a la mujer que me enseñó otra vida. Una excelente profesora. Se llamaba María Elena. Tenía un liderazgo muy fuerte. Aunque su esposo era pintor de brocha gorda y le gustaba mucho el trago, sacó adelante a su familia. Tenía once hijos, y todos llegaron a ser profesionistas: un arquitecto, una médico, un odontólogo, una doctora, bueno, varias profesiones. Era una cabrona. Nos enseñó a no quedarnos nunca callados.

– ¡Aquí no se queden callados!, porque el que se queda callado es un pendejo.

Nos asombraba escucharla hablarnos sin tapujos, por primera vez alguien nos decía que podíamos hablar y decir lo que pensábamos, sin miedo al ridículo, sin ningún temor. Ninguno de mis compañeros la acusamos con nuestros padres porque nos emocionaba la chispa que tenía para regañarnos y lo emocionante de estar en sus clases.

– Segunda guerra mundial, vamos al mapamundi.

Tenía una forma de abrirte los ojos a la vida. A mí me dio la capacidad de encontrar otro mundo. Con ella hablamos de la hambruna en África, ¡qué iba yo a tener hambre o a pensar que había niños que no comían!, ¡jamás! en mi casa siempre había qué comer. Luego nos hablaba de otro país y del nuestro, para que al final del día nos preguntara nuestro punto de vista sobre los sucesos comentados. Siempre fue analítica de la realidad.

– A ver, ¿qué se dice en los medios de comunicación?

Yo tenía tele, pero no había muchas teles en esos tiempos. Ni bien entraba al salón y luego empezaba a cuestionarte, porque nos decía que nos quería ver vivos, no todos pendejos. Siempre observando, analizando, preguntando y aprendiendo.

– La historia, la biología, el periódico, la Biblia, Memín Pinguín, todo te puede educar. Pregúntate: ¿Por qué me gusta tanto Memín Pinguín? Es una familia de raza negra, clase media, ¿Qué te enseña Memín Pinguín? Vete a la raíz.

Una maestra muy crítica.

– Usted, usted y usted, equipo 1.. Usted, usted y usted, equipo 2… equipo 1 contra equipo 2…

Y yo fascinada con una pinche maestra así.

– ¿Capital de Mexicali?

– ¡Hijo de la chingada!

Nos cambiaba las ciudades por capitales para que pensáramos lo que íbamos a contestar y no dijéramos cosas a lo pendejo. Entre mis compañeros y la maestra, me convertí en la más pelada de mis hermanas, aprendí muchas groserías, pero no las decía, sólo las escuchaba.

Cada día, a su modo, siempre nos animaba a expresarnos sin miedo.

– ¡No se queden callados chingada madre con ustedes! Díganme una mentada de madre si quieren, ¡pero díganme algo!

– Pues no sé, ¡chingada madre!

Y no se enojaba si uno de mis compañeros le contestaba así, dijeras lo que dijeras no se molestaba, a mí me sorprendía todos los días.

– Algo que de veras me molesta es un chamaco callado, que se menosprecie. ¡Una mentada de madre aunque sea dígame!

– ¡Pues vaya y chinge a su madre!

– Mire, ¡vaya y chingue a la suya! y siga aprendiendo.

Así nos tenía siempre activos, ágiles. Para ella todos mis respetos. Defensora de los derechos humanos. Luchadora social. ¡Con decirte que mi mamá no quiso que estudiara en la universidad cuando le dije que la consideraba como mi segunda madre!

– Nada de universidad. ¡Con esas ideas que tienes en la cabeza vas a terminar de redentora!

Pero así veía a mi maestra, como una madre, porque me gustó beber su sabiduría. Todavía recuerdo volar en mi imaginación cuando nos contaba historias de otros países. Luego nos hablaba de los tomates, de la iglesia, de la comida, siempre tenía algo de qué hablar. Y nunca nos decía la fecha de un examen, era un día como cualquier otro.

– Saquen una hoja y vamos a hacer examen.

Ella estaba segura que podíamos contestar en cualquier momento porque era una buena maestra.

Con tres de mis compañeros fuimos a la ciudad de México a participar en un concurso con ella. Para estudiar nos llevaba a su casa y compartía con nosotros su mesa. Tenía un pizarrón verde y agarraba sus gises y escribía con una letra preciosa. Llegando, llegando luego, luego nos preguntaba, ¿siete por ocho?, para que empezáramos las clases despiertos. Mientras un ojo estaba al tanto de sus hijos, sus oídos seguían a su marido, la nariz medía el cocimiento de la comida y su voz comentaba la lección con sus alumnos.

– Para que no perdamos tiempo vamos a comer aquí.

Y sacaba una olla de frijoles y tasajo para todos, con rajas de chiles asados. ¡Yo encantada con las tortillas y el sabor de esa comida! Como teníamos teléfono en casa, llamaba a mi mamá muy feliz.

– Mamá, ¿qué crees?, que nos dieron frijoles y rajas de chiles asados.

– ¿Y ya te lavaste los dientes?

– ¡No!

Me encantaba que me invitaran a su mesa, porque era una mesa sin mantel, muy bonita, no había cubiertos, yo venía de una casa donde siempre se usaba mantel y cubiertos. ¡Mi papá también estaba fascinado! Como mis abuelos tenían una panadería, llegaba con pan dulce para todos. La maestra preparaba café y así compartíamos el conocimiento con pan dulce y café de olla. Todo era riquísimo. Con ella ¡era una fiesta aprender! Aunque debo reconocer que mi madre se preocupaba mucho.

– ¡Ay no! ¡Quién sabe qué va a ser de esta niña! ¡Con todo mundo se lleva!

Con una maestra como ella, aprendí a relacionarme de otra manera, yo venía de otra forma de vida; de un espacio cerrado llegué a uno abierto al conocimiento y a otras formas de convivencia. Nunca olvidaré el día que agarró la guitarra y empezó a cantar. Y cantaba muy bien mi pinche maestra. Si hay algo que me apasiona es escuchar a alguien expresar sus emociones con la guitarra. Al terminar se nos quedó mirando, recorrió a cada uno con la mirada y con una voz que todavía escucho por las noches, nos dijo:

– ¡Que todos tus pensamientos no se queden sólo en pensamientos! Tienes que expresarlos con la música, la pintura, la danza, con cualquiera de las bellas artes, ¡con la que tú quieras!, ¡pero exprésalos! ¡porque son tuyos!

Fue en pinches velorios como éste donde aprendí que también se mueren las maestras. Que así como se mueren niños y adultos, también se mueren las hermosas maestras, las que te dicen que les mientes la madre sin enojarse por ello, las que preparan comida para todos, aunque su sueldo no le alcance. Ellas también se mueren, por más invencibles que las creas.